jueves, abril 9

Ya basta

Otro día
polvoriento,
sin ánimos sin ánima
sin énfasis 
ni a lo magnánimo.

Nadie sabe en el fondo
qué realmente es, qué parece
se lo puede suponer, se lo puede creer
¿pero merecer?
No era necesario
caer así, desde tan alto,
bajar la cabeza
para chocar primera contra
el piso. No era necesario
romper mal el vidrio
para cortarse y rebanarse,
fetas de carne que después
no alimentan ni al
gato, no, no era
necesario.
Cuando las señales
del aire, artificales
llegan hasta la piel y
te calan los huesos, pues
es cuando te debilitas, nena,
¿todavía no lo ves?
Que te alejes, te había dicho,
de los daños.
Sobre las manos
se apoya un insecto, mariposa,
empolvadísima
de tu cutis envejecida,
de tu tiempo
malgastado, de tus esperanzas
inconclusas.

Disculpa,
¿podrías dejar de gritar?
Me hartaste
vos y tu depresión
inacabable, inefable,
insípida. Asquerosa
tu voz al llorar, por dios,
inaudible.
Y tus lágrimas te están
pudriendo, entera, por dentro
por fuera por arriba abajo al costado
por el aura. Por la calma
tuya se pasea ese halo de
aroma repugnante,
la luz del sol la alumbra 
y se distinguen partículas
de algo que 
no importa, algo que
quiere dejar de existir,
algo que se consume a sí mismo
se agota y se despoja 
de la responsabilidad de vivir.
Qué fácil, claro,
súper fácil.



No dejo huella yo,
me voy y ni sonido,
ni chasquido, ni guiño,
nadie me sigue, nadie
se pregunta, nobody
wonders 
anything
about me.

Ah,
invisible.

Lo lamento tanto.


Ojalá el alba
ese que llega y te golpea las 
ventanas, ese que
te acaricia las mejillas,
te acicala un poco el pelo,
ojalá te encuentre durmiente y
te parle un rato
de la verdad.
Ojalá que la emoción 
del encandilado que encandila,
sol,
te toque un rato los pies
y te impulse
al bien y al mal.
Al mismo tiempo
(que eso es verdad).



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