Me gusta esa euforia inicial,
me gusta organizarme
para tener un pequeño espacio en la semana
para poder ir a verte
y calcular los tiempos, las horas,
el día conveniente,
me gusta ir a bañarme y pensar cómo vestirme
para serte linda,
me gusta secarme suavemente, encremarme,
delinearme y peinarme,
mirarme al espejo y sentirme bien,
me gusta agarrar las llaves y salir,
y estar en esas siete cuadras hacia la parada
pensando sólo en que te voy a ver,
y que se me escapen sonrisas,
que se me escape el tiempo
pensándote.
Me gusta esperar el colectivo,
(esperaría todo por vos)
y me gusta distinguir sus colores a lo lejos,
subirme y notar mis latidos,
una ráfaga dulce, un sabor tierno.
Durante el viaje no puedo hacer otra cosa
más que sentirte,
sentirte cada vez más cerca,
ansiar que ya sea la cuadra
en la que me tengo que bajar.
Recorrerte como las calles,
(me gusta que me mates
y que me revivas),
me gusta que te abuses de mi mente,
me gusta que seas mi vicio,
que seas así de desgarrador,
así de necesario.
Y llega el momento de bajar,
no sé por qué pero siempre me paso de la parada,
y camino esas cuatro cuadras
calmada, aliviada,
tranquila,
miro la hora y me enorgullece saber
que tardé menos tiempo que la vez pasada,
dándome motivos para volver.
El clímax es cuando
me enfrento a la puerta,
y sé que estás del otro lado,
y sé lo bien que me siento,
y sé lo mucho que te había extrañado,
y sé lo mucho que te amo,
me aseguro de que lo hago
no necesito ni pensarlo,
no necesito ni decirlo,
tan sólo me lo demuestro
te lo demuestro
cuando se me iluminan los ojos
al verte ahí
abriendo la puerta.
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| Porque tiemblo hasta los huesos |