miércoles, diciembre 3

Pitón

Su flequillo, oscuro, tupido, comenzaba tapando sus cejas, suplicantes, torcidas en dirección al cielo, y donde éstas terminaban, caídas, aplastaban con piel de párpado a sus ojos, entrecerrados, no muy grandes, observadores aunque ahora a la nada. La curva que se formaba con las esquinas de sus ojos caía como lágrima, delineándose el corte de su rostro, pasando por sus pómulos altos, por sus mejillas delgadas, rosadas, rectas, que se encurvaban en un triángulo suavemente redondeado, su pera, oculta por su mano, que sostenía toda su cabeza. Un anillo en el pulgar, su palma fría a su vez se conectaba por su muñeca, apulserada de retazos de tela y cordones coloridos, con su brazo flaco color trigo, que más de una vez le dijeron era terso y liso. Este terminaba de caer en su codo, algo reseca la punta, que en una Ve se doblaba continuando por el antebrazo, igual de flaco, pero ya más claro, de menos sol. Su hombro, cansado pero fuerte, algo adelantado, destacaba lo esbelto de su espalda, fina, ancha, femenina, de cuyo centro emergía un cuello menudo, diagonal, de tres lunares. Dos collares, uno cerrándole la garganta, ajustado, callador, cuyo dije era un círculo metálico, vacío, rellenado de un encaje negro, nublador, un poco muerto; el otro collar, largo hasta el esternón, amparado en sus dos pechos medianos, se formaba de cinco cadenas libres, brillantes y distintas entre sí. La protegían y le entregaban fuerza, amuletos de su vigor. Y este cuello resguardador de sus voces, sus cuerdas, sus acordes, se encastraba en su pequeña cabeza, pelos revueltos por el viento o por sus manos, pensante, reflexiva, enviciada con un ciclo amoroso insufrible, adictivo, ambiguo y circular, como su posición que donde empieza termina, inconscientemente elegida. Ella eligió, también, este vicio. Ella eligió, también, este asfixio.

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