"A Cirilla no le gustaban los parques. Al menos, no de día. Cuando iba, por las noches, llevaba una vela, para alumbrar los árboles y escuchar sus hojas, livianas, moviéndose por el viento y danzando con fragilidad. La llama se le apagaba constantemente, pero a ella no le molestaba eso. Podía estar horas encendiéndola, ella amaba el fuego. Luminoso, cálido, y tan etéreo, tan ligero.
Cirilla siempre usaba un pañuelo,o mejor dicho una chalina, de color claro. Se la envolvía suavemente por el cuello y la dejaba caer por la espalda, y le encantaba sentirla flotar con la brisa y fluir como si fuera aire. Su preferida era la rosa viejo, clarita, femenina,con lunares verdes manzana. Los lunares, amaba los lunares, los puntos, los círculos, pero no las esferas. Siempre detestó la palabra "volumen".
Cirilla se despertaba temprano, casi naturalmente, para oír los pájaros. Los admiraba, los veía volar y su cara brillaba, soñadora, anhelante.
Cirilla pesaba 129 kilos, un día quiso seguir al viento y se tiró de su balcón".

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