Pueblo cualquiera, Francia. Nueve de mayo, cinco menos cuarto de la tarde.
La vida seguía normal, la gente estaba tranquila, hasta que se oyó un estruendo en el cielo, y todos miraron hacia arriba.
Cien mil habitantes, todos observando el mismo punto plateado que se agigantaba a cada segundo, cayendo hacia el centro de la ciudad a una velocidad brutal. Iba tomando forma, y razón. Todos se aterrorizaron.
Claire, horrorizada, no lo dudó un segundo. Si había alguien de quien debía despedirse, era de él.
Jean Lucas tampoco dudó. Tomó el teléfono y marcó su número. La línea daba ocupada.
Claire no entendía con quién podría estar él hablando en ese momento. Su llamada era urgente,debía decirle que lo amaba con toda su alma hasta los confines de la tierra.
Jean Lucas desesperaba. Volvió a llamarla, a escuchar el tono de ocupado, a cortar y a volver a llamarla.
Claire lloraba. Llamaba y cortaba, todavía ocupado, ¿¡qué estaba pasando con él?!
El punto ya no era punto, ya era grande, fervorosamente incandescente, y estaba cerca. Jean Lucas la amaba demasiado, gritó de furia y pasión para que al menos ella lo escuchara, pero a los dos segundos la bomba cayó, el impacto y la destrucción de la materia, se desintegraron los cuerpos y los sonidos fueron totalmente superados por la explosión. Nada más se oyó en aquel pueblo de Francia, un nueve de mayo a las cinco menos diez de la tarde.

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