"Desangraba el cielo. Sus nubes blancas ya no eran blancas, ya no eran nubes, eran manchas color Octubre, negras violáceas, azules grisáceas, parecía estarse por llover, pero antes debía atardecer, como mi amor, la caída del sol se tornaba miel, cálido panorama que me helaba la piel, se ahorcaba el globo dorado en la horca de la tierra llorosa, mojada antes de la lluvia, tan húmeda como cuando diluvia. Se la veía venir el mundo, la tarde entera gozaba el espectáculo, era cierto lo que había dicho el oráculo, muere toda grandeza con certeza en el punto exacto, y así bajaba el sol, y mi ritmo cardíaco, como un maníaco se dirigía a su punto de defunción, los árboles tenían escalofríos y el viento se asustaba, el cielo rojo apaciguaba aunque de todas formas era muerta mi aura. Se fue tornando oscuro el paisaje, no hacía falta ningún lenguaje, cayó el sol y yo tomé aquel mortal brebaje, el amoníaco en mi sangre se esparcía como la tormenta en el aire".

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